La verdadera fuente de incertidumbre

Si en mi anterior entrada me referí a los cambios sociales vertiginosos como una de las razones por las que se quiere cambiar el currículum, quiero ahora referirme a la incertidumbre como sustento del nuevo paradigma educativo. Se habla de que nuestros alumnos y alumnas trabajarán en puestos de trabajo que aún no existen, de que el futuro no es predecible porque será cambiante, incierto, complejo y ambiguo. Incertidumbre es la palabra de moda en los análisis sociológicos que preceden a las actuales propuestas educativas.

Naturalmente, la incertidumbre y la imprevisibilidad son componentes de la existencia en cualquier circunstancia y condición. No es algo tan nuevo: los que “acumulamos” juventud y fuimos educados en marcos aparentemente inmutables hemos realizado procesos de adaptación increíbles y aquí estamos, más o menos indemnes. Por otro lado, cambios de época, siempre asociados a incertidumbres —a veces apocalípticas— no es la primera vez que suceden en la historia. Educar para el cambio, para la sorpresa, para el misterio es bueno y necesario para no endiosarnos, para no alimentar la megalomanía del control de la existencia.

Hay varias formas de habitar en la incertidumbre. Una sería participar desorientado, sin brújula propia, a merced de los tirones de una realidad y unos ritmos marcados por otros a los que no queda más remedio que responder para no perder comba. Otra sería la del espectador crítico, pero pesimista, que es consciente de los mecanismos de dominación y de la liquidez de muchas propuestas emancipadoras, pero sin pasar del discurso analítico. Otra, finalmente, podría ser la de quien personal y colectivamente sabe dar sentido y se implica en esas propuestas que atisban una nueva realidad.

Ciertamente, vivimos tiempos particularmente inciertos, no le vamos a restar importancia, pero a condición de no abismarnos y sucumbir. Tampoco debemos dejarnos engatusar por la insistencia interesada en la incertidumbre, ni permitir que sea la coartada para correr espasmódicamente detrás de la última corriente, la última moda, la última novedad tecnológica. La incertidumbre no está tanto en las nuevas formas de relacionarnos, en las nuevas formas de informarnos, en las nuevas formas de hacer negocio. Ni siquiera en los vaivenes del mercado laboral (polarización, disruptividad…). Habrá que transitar por todas esas vicisitudes pero el proyecto inacabado de la humanización, siempre en idas y venidas, permanece sustancialmente el mismo. La pregunta no es, por tanto, a dónde nos llevará la robótica, por poner un ejemplo, sino algo más sencillo y a la vez más contundente: saber cuánto nos separa del colapso.

En la actual crisis civilizatoria, en la actual crisis de referentes estables, la incertidumbre no viene por que se nos ha disparado la máquina del tiempo y no sabemos a dónde nos llevará y con qué velocidad, escenario para el que la educación debe prepararnos. En realidad, la verdadera fuente de incertidumbre tiene que ver con el caminar irreflexivo de nuestros pasos, que nos coloca en la delicada coyuntura de una humanidad en creciente, peligrosa e insufrible desigualdad y de un planeta tierra agotado, que se rebela y nos coloca ante un peligro de extinción parcial o total, cuya inminencia intuimos, pero no conocemos con certeza.  

Por eso, la verdadera tarea educativa inexcusable no es principalmente cómo educar a las nuevas generaciones para ese mundo desconocido que no nos atrevemos a detallar por la incertidumbre que lo caracteriza, pero que lo imaginamos complejo, digitalizado y veloz, sino simplemente ayudar a comprender que las tensiones generadas por las injusticias y las violaciones de los derechos humanos junto con la presión sobre la naturaleza y el clima son una bomba de relojería, sobre cuya desactivación, de palabra y con hechos, debemos implicar a nuestro alumnado. Como dice Rafel Díaz Salazar, autor de “Educación y cambio ecosocial”, “la denominada excelencia educativa puede estar al servicio de la reproducción de la sociedad capitalista o de la transformación ecosocial”.  Los colegios FUHEM lo han comprendido y son un ejemplo.

No hay una educación verdaderamente actual sin vertebrarla desde la dimensión ecosocial. Se ha convertido en un imperativo categórico, porque mejor que educar para un futuro incierto es educar para un futuro posible.

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