La escuela no tiene alternativa… y lo sabe

La institución escolar está tan naturalizada en nuestro orden social que apenas alcanzamos a imaginar un mundo en que no existiera. Asumimos sin cuestionamiento alguno que se nos institucionalice obligatoriamente durante un mínimo de 10 años, que muchas veces pasan a ser 15, no siendo tan extraño que llegue a los 20-22 años si consideramos la Universidad u otros estudios postobligarorios. Durante ese período el conocimiento está perfectamente estructurado en paquetes curriculares, organizados por cursos, asignaturas, luego ramas y especialidades y, para administrarlos, se pone al servicio de la institución un ejército de trabajadores y trabajadoras -ente los que me encuentro- que determinamos qué, cómo y cuándo debemos enseñar y, lo que es más importante, que hace una distribución meritocrática del alumnado, según resultados.

¿Es que puede ser de otra manera? Parece que, de momento, no. Pero la evidencia no es tan clara si pensamos que la escuela es en realidad una institución de la Modernidad cuyo origen está en el obispo protestante Comenio, que sistematizó la enseñanza y organizó el aula uniforme, bajo el propósito de “enseñar todo a todos”. Luego, la institución escolar fue reforzada por la Ilustración, se la apropiaron los Estados-nación y la instrumentalizó la Revolución Industrial. En suma, de la institución escolar, tal como la conocemos, había poco rastro hace tan solo cuatro siglos.

Pese a haberse convertido en una poderosa organización burocrática que ha consumido recursos ingentes de los estados y pese a su expansión generalizada después de la Segunda Guerra Mundial, no se ha librado nunca del análisis crítico de muchos filósofos y sociólogos que le han atribuido funciones sociales de lo más variadas.

Para muchos, la escuela es ese lugar donde nos obligan a estudiar lo que no queremos aprender, lo que a medida que pasan los años provoca una desafección cada vez más indisimulada; es el lugar donde aprendimos -o memorizamos- esas cosas de las que luego no nos acordamos; el lugar donde la creatividad innata queda domesticada por el predomino de un enfoque “intelectual”, si por tal podemos considerar el conjunto de operaciones de embutido conceptual, que aparca toda otra dimensión manual, artística, creativa, afectiva, corporal, espiritual etc.; el lugar en el que hemos aprendido a transaccionar ofreciendo lo que nos piden a cambio de recompensas en términos de calificación o credencial que nos permiten avanzar o posicionarnos mejor; y, por tanto, el lugar donde aprendemos a valorar lo que hacemos por lo que se nos retribuye y no por la satisfacción intrínseca de lo que hacemos, preparándonos así para la “vida real”, lo que ocurre en el mundo laboral con frecuencia.

Para otros, la escuela es la herramienta necesaria para la reproducción de la ideología dominante. La que promueve la adaptación al clima político del momento, sea la dictadura (me crie cantando “Cara al Sol”) o sea la democracia parlamentaria y monárquica; la institución que todo Estado o nación sin Estado, si le dejan, desea gestionar para transmitir su idea de patria y de unidad lingüística y cultural; la institución que otras fuerzas sociales le disputan al Estado para poder mantener su espacio de influencia social transmitiendo unas convicciones religiosas o un proyecto nacional; la institución que, pese a su retórica, fomenta el individualismo (las calificaciones son individuales, las promociones o las repeticiones son individuales) dentro de una carrera acumulativa (“titulitis”), preludio del consumismo posterior basado en la (in)felicidad del tener; la institución que nos va adaptando al mundo laboral, no tanto porque lo que allí aprendemos realmente nos vaya a ser útil, en un mundo laboral en permanente cambio (la mayoría de destrezas laborales se aprenden in situ), sino por introducirnos en los ritos de orden, jerarquía y estructura, propias del mundo laboral; una institución en la que quienes poseen mayor capital cultural, buena parte del cual les viene de origen, son más aventajados; por lo tanto, una institución reproductora de desigualdades, aunque unos establecimientos más que otros; una institución, en fin, que consume vorazmente presupuestos –recortes neoliberales para los servicios públicos aparte–, y que, cuanto más se le da, lo redistribuye más regresivamente, pues sirve para quienes pasan más años escolarizados, los que más pueden. Todo eso y más se ha reflexionado sobre la escuela, sin aparente merma para su extensión y pujanza.

A veces nos preguntamos cómo la institución escolar puede mantenerse tan impasible en muchas de sus rutinas, pese a vivir rodeada de un entorno tan vertiginosamente cambiante. Pues, sencillamente, porque no tiene alternativa. Para bien o para mal, es insustituible, como la presente crisis ha puesto de relieve. A falta de una alternativa a la institución escolar que no se vislumbra, la actual crisis ha hecho patentes aquellas funciones que dábamos por supuestas hasta que nos ha tocado sufrir su carencia: La escuela custodia a niños, niñas y adolescentes; les ofrece un ámbito relacional de primera magnitud al que tienen derecho para crecer entre iguales; les abre horizontes culturales nuevos y formas de pensar plurales; les ayuda a crecer en la comprensión de la diferencia; y, pese al mito de la igualdad de oportunidades, hemos comprobado dolorosamente que la brecha social de los menores se multiplica sin la escuela, que al menos ofrece los mismos “menús”, en sentido figurado –¡y en el literal!– a todo el mundo. Ni la más depurada enseñanza digital puede sustituir la escuela presencial, ni impedir que estemos sintiendo nostalgia por ella.

En medio de las inercias burocráticas e institucionales, las escuelas también están habitadas de mucha gente soñadora y comprometida. Espero que este confinamiento no solo acreciente el aprecio de la sociedad por la institución escolar y el deseo de implicarse participativamente, sino, sobre todo, redoble las ganas de sus profesionales para sacudirse corsés y alumbrar nuevos paradigmas educativos. Todo mi reconocimiento a esos Prometeos anónimos que pululan por nuestros centros educativos y que ahora también están dando la talla, a los que deseo mejor suerte que la del personaje mitológico.

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