“Devaluación continua”, la crisis escolar que no cesa

Entre las novedades en la literatura educativa de este otoño que se nos va, ha descollado, por su prosa contundente y su contenido descarnado, el libro del profesor Andreu Navarra, “Devaluación continua”, a caballo entre el género “malestar docente” y las ideas de otra corriente minoritaria, pero cada vez más pujante, la antipedagógica, que marida mensajes nostálgicos del pasado (¡todo se empezó a torcer con la LOGSE!) y beligerantes con las actuales modas pedagógicas. El autor concluye así su libro: “Dicho lo cual, llega el turno de las dudas, las observaciones y las preguntas”. Así pues, acogido a esta invitación, ahí van las siguientes líneas.

Estamos ante un ensayo, cuyo subtítulo “Informe urgente sobre alumnos y profesores de Secundaria” da una idea de la pretensión de ser un aldabonazo social sobre la situación de la Educación Secundaria, y lo consigue, pero no tanto por el rigor objetivo propio de un informe, ni de los datos aportados (más bien son pocos y discutibles, como cuando habla de ratios de 38 alumnos o cuando trata de fundamentar que desde la LOGSE se ha incrementado el fracaso escolar), sino por la pericia literaria del autor. Estamos, pues, ante un libro más vivencial que científico, escrito con maestría y con pasión, y desde la trinchera, lo que le aporta un plus de veracidad y lo aleja de un frío tratado. Su longitud se sobrelleva por la amenidad de la lectura, pues ya a mitad de recorrido el lector o lectora puede presumir que el resto de lo que va encontrar son variaciones sobre lo mismo, dentro de un largo soliloquio en busca de desahogo, que solo al final se atempera.

Como queda dicho al principio, el libro se articula en torno a esta doble temática: malestar docente y fracaso de los nuevos enfoques pedagógicos. Respecto a lo primero, el autor no deja sin tocar ni uno de los temas clásicos del género: la alienación del alumnado con los dispositivos electrónicos, la pérdida de nivel, el igualitarismo por abajo, las situaciones insostenibles que toca vivir en las aulas, las ratios elevadas, la falta de tiempo, la saturación de los currículos, la sucesión de reformas sin contar con los docentes, la burocracia, la indefensión frente a la Administración y frente a una sociedad a la deriva, etc. Y al lado de la descripción descarnada, el diagnóstico: todo esto pasa porque hemos perdido el norte, porque llevamos al menos tres décadas de degradación en que el alumnado se ha convertido en el centro del universo educativo y los nuevos enfoques pedagógicos solo contribuyen a su infantilización. Estamos ante un creciente deterioro de la institución escolar, que, si no reacciona, no va a pasar de apuntalar a la sociedad en la generación de descerebrados hedonistas, inermes ante la trituradora del mercado, lo cual es un drama especialmente para aquellos a quienes debe servir la educación, el alumnado desfavorecido socialmente, al que se le hace un flaco favor con la permisividad en boga. Volvamos, por tanto, a recuperar la cultura del esfuerzo, el orden y el concierto, los conocimientos sólidos, las humanidades y el raciocinio, frente a tanta baratija emocional que nos venden los mercachifles educativos de nuestros días. Aunque dicho con mis propias palabras, espero haber sido fiel a las líneas fundamentales del libro.

Mis objeciones estriban en que el autor dice verdad en lo que dice, pero no toda la verdad y, en algunos casos, tomando una parte de la verdad por el todo. Veámoslo.

He de reconocer que cuando en mi vida profesional me encuentro con alguien, algo no frecuente, que piensa que su vida profesional se estropeó a partir de la LOGSE y lo remata con añoranzas del pasado y referencias a la liquidez presente y a la formación cada vez más inconsistente del alumnado de hoy, me pongo en guardia. En muchas ocasiones creo que lo que me quiere decir es que añora el BUP, donde llegaba ya el alumnado cribado y los más insumisos habían quedado en el sumidero de la antigua Formación Profesional. Puedo aceptar que la educación comprehensiva (¡con hache!), tal como está concebida, es revisable, que la LOGSE fue un mal remedo de lo que los Movimientos de Innovación Pedagógica pergeñaban en la época. Podemos cuestionarnos lo que haga falta, menos aceptar el inmovilismo o las posturas restauracionistas.

Con lo anterior no he querido tildar de rancio e insolidario al profesor Navarra, de cuya profesionalidad no tengo ningún motivo para dudar, que, además, la acredita por cómo expresa lo que le duelen las situaciones educativas que vivimos y por la sensibilidad que muestra hacia su alumnado, pero me parece una equivocación meter toda la innovación pedagógica en el mismo saco, solo porque es obvio que el mercado está cada vez más interesado en la educación y las nuevas pedagogías están mistificadas con intereses espurios del gran capital, que desea unos siervos acríticos tanto si están destinados a trabajar -a destajo- en la vanguardia, como si están destinados a ser “los michelines” de la sociedad. No cabe duda que puede darse una grave confusión si sacralizamos los medios y olvidamos los fines, o convertimos a aquellos en estos.

Naturalmente que necesitamos formar personas sólidas, estructuradas, autorreguladas, con conocimientos sólidos, que crezcan con límites y referencias, que no se puede regatear en eso y que la sociedad obliga a los centros a remar contracorriente. Pero ello no puede ser motivo para denostar las competencias y la LOGSE que abrió camino hacia ellas. Trabajar por competencias no es la gamificación, o no solo. Las competencias no excluyen los conceptos ni los contenidos declarativos, sino que ayudan a saber qué hacer con ellos, cómo transferir y relacionar, cómo aplicar a situaciones concretas. Y ello también exige esfuerzo. La solución no está en la vuelta a la clase magistral, a la memorización y a los contenidos teóricos y estructurados en secuencias predeterminadas, aunque no debamos hacer tabula rasa de esos elementos.

No hay vuelta al paraíso, porque, además, en el pasado no ha habido paraíso. Ni siquiera en la Ilustración, con todas sus luces, pues no hay más que ver a qué derivas nos ha conducido la razón convertida en tecnología y tecnocracia. Sin caer en ingenuidades, sin sustituir acríticamente lo que hacemos por lo que nos cuentan, sin dejar de preguntarnos a qué intereses sirven lo que hacemos, no podemos permanecer inmóviles ni añorantes ante los retos actuales. Lo curioso es que, en muchas de las propuestas actuales (naturalmente hace falta olfato para discriminar en el escaparate de la “novelería” educativa), encontraremos muchas huellas de autores del pasado que ahora pasan por figuras reconocidas. No hay casi nada nuevo bajo el sol. ¿Acaso el giro copernicano hacia la centralidad del alumno no fue ya propuesto por Dewey o por Giner de Los Ríos, a quien el propio autor cita y reconoce? ¿Acaso cierto socioconstructivismo no bebe de Paulo Freire? Necesitamos pedagogías críticas, problematizadoras de la realidad, integradoras de saberes, inclusivas, cooperativas, creativas, multidimensionales, holísticas (no todo es razón), liberadoras. Así y todo, fracasaremos más una vez. No hay varitas mágicas.

No olvidemos que en el intelectualismo ilustrado exclusivamente nunca se ha movido cómoda la clase obrera, que luchó por la escolarización de sus hijos e hijas, mientras estos han tratado de escapar cuanto antes de una institución cuyos parámetros culturales ­­son ajenos a los suyos, pues proponen un tipo de cognición que no resulta extraño a quienes ya vienen con otros gustos y hábitos desde casa. Recuérdese el clásico estudio etnográfico “Aprendiendo a trabajar” de P. Willis (1975) o, ya entre nosotros, “Nacidos para perder” de R. Feito (1990). La acción, el “experiendizaje” debe tener su protagonismo, si no queremos dejar fuera a muchos, o hacerles repetir hasta llegar a la edad obligatoria. Más todavía cuando la educación ha dejado de ser el ascensor social que era antes. Y el alumnado lo sabe.

Aunque alejado hace tiempo de las aulas, he pasado por ellas y lo he hecho en institutos de pueblos fabriles o barrios obreros también.  No se me ha olvidado. Comprendo las dificultades docentes en Secundaria. Particularmente, dar clase en los primeros cursos de la ESO de determinados institutos es un acto heroico. Ni más, ni menos heroico que el desempeño de otras profesiones y con otras condiciones laborales mucho peores que las del profesorado, pero heroico. ¿Qué hacer ante la abulia del alumnado? ¿Qué hacer frente al desafiante, al insumiso irredento? La impotencia es una experiencia apegada al docente. De acuerdo, no se pueden poner todos los desquicies sociales sobre los hombros docentes. Pero no comparto esa visión exculpatoria del profesorado frente a todos y todo. Claro que la Administración se interesa por estadísticas y no escucha a quien se enfrenta con las realidades concretas. Claro que ha creado un mundo paralelo al día a día de los centros, el de la planificación tecnocrática y la supuesta calidad. Claro que no se puede pedir elaborar proyectos a los centros, si no hay tiempo para coordinarse. Claro que el capitalismo (echo en falta alguna mención de la palabra) ha arrasado culturalmente a la gente, nos ha arrasado. Pero el profesorado también es Administración y porque es Administración se blinda ante la sociedad, ante las familias e incluso ante sus compañeros de profesión. Y porque también es sociedad, reproduce en palabras y hechos mentalidades dominantes, fuente de desigualdades (recordemos a P. Bordieu). No es un colectivo solo acosado, que también. Es un colectivo, que viene de la sociedad y, después del paréntesis de su ejercicio profesional diario, vuelve a la sociedad. Hay que dignificar y reconocer la actividad docente, pero no puede quedar al margen de la autocrítica. En fin, ¿le cabe al profesorado su parte de responsabilidad en la obsolescencia actual de la institución escolar?

Por lo demás, habría que objetivar las quejas. Al menos en mi entorno vasco, las ratios no son como las que se expone en el libro. Obviamente, todos aspiramos a la división hasta el infinito de la ratio, pero no está demostrado (salvo idiomas y alguna otra excepción) que las ratios por debajo de 20 traigan mayor calidad educativa. Y ¿qué decir de caer bajo el peso de la burocracia? Lo admito para los agobiados equipos directivos, no tanto para el profesorado. El ámbito educativo ha vivido en la cultura ágrafa durante mucho tiempo y ahora hay que documentar un poco más, hay que explicitar un poco más cómo enseñamos y cuáles son nuestras apuestas. No mucho más: hacer las programaciones (que tantas veces son un documento inoperante, corta y pega del curso anterior o del libro de texto) y algunas actas de reuniones (Departamentos, Juntas de Evaluación…) No se puede exigir al profesorado, es verdad, trabajar en equipo si no se le da tiempo. Ahora bien, el solo replanteamiento de la actual distribución horaria del desempeño docente, encontraría también fuertes resistencias en el colectivo. Por lo que respecta a la recurrente queja sobre la sucesión de leyes orgánicas, siendo cierta, creo que el profesorado está bastante impermeabilizado, que ejerce su oficio con poco control, y desde luego actúa con bastante libertad, (salvo en Bachillerato, demasiado condicionado por la Selectividad) frente a los currículos imposibles.

Navarra, no obstante, se esfuerza por mantener la ecuanimidad, por reequilibrar los pasajes más tremendistas, lo que le lleva a posiciones fluctuantes en el discurso. Esto en diferentes momentos del libro nos obliga a preguntar: ¿el panorama general es finalmente catastrófico o seguimos vivos? ¿El trabajo por proyectos vale o no vale? ¿Está todo el alumnado contaminado de facilismo o solo hay una minoría que impide el aprendizaje de los demás? ¿Se le ha declarado la guerra al profesorado o él también forma parte de la cultura pilla y del cinismo funcional? Según pasajes, parece una cosa o la otra. Para dejar un poso final de sensatez, el autor hace una pirueta final poniendo como referente a Toni Solano, lo que solo un poco forzadamente se compadece con el tono general mantenido a lo largo del libro.

Tampoco comparto con Andreu Navarra que la educación es una cuestión prepolítica, por encima de las diatribas entre derechas e izquierdas. Tenemos un comprensible hartazgo de las polémicas estériles, pero actuar sobre la escuela, en un sentido u otro, es una mirada sobe el bien común, sobre el modelo de configuración social que defendemos, en definitiva, una cuestión plenamente política en sentido amplio, más allá de los estrechos partidismos. No cabe ser ingenuos proponiendo ponerse de acuerdo en cosas básicas y “sensatas”, que salven la educación y luego ya entrará el debate político.

Que nadie espere encontrar pistas de solución. Ya se ha señalado que es un libro de vivencias. Solo al final el autor se aventura con algunas propuestas, peligrosas, si no fueran bastante quiméricas, que no forman parte de lo más afortunado del libro. Navarra nos habla de la necesidad de una nueva institución surgida de la autoorganización del profesorado, a la manera de élites intelectuales dedicadas al cultivo de la ciencia y la cultura. Una nueva institución que deberá ser privada, al menos en un principio, y sufragada por algún mecenas, que se ponga manos a la obra. Aunque el propósito de estas elites tuviera un fondo social de rescate de las capas más desfavorecidas, no dejan de ser propuestas con un fuerte resabio a despotismo ilustrado.

La entrada me está quedando demasiado larga, pero el libro lo merece. Escasean las voces docentes y esta lo es. De un docente-escritor, pero docente al fin. Beligerante. Hecha a pie de obra. Políticamente incorrecta. Con mucho amor por la profesión. Obra escrita con una buena prosa, me quedo sobre todo con la implacable crítica cultural a la sociedad actual, dejándonos pasajes de altura como la carta que dirige al actor Alfonso Bassave. Se va a leer con mucho gusto e identificación por muchos docentes, a quienes imagino asintiendo una y otra vez con la cabeza, mientras van avanzado por las páginas del libro.

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