Las Ikastolas y la tercera vía

Los comienzos de verano son propicios para debates pendientes que a lo largo del curso no siempre se pueden hacer con el debido sosiego. A ello contribuyen algunos cursos de UEU, con temas atractivos relacionados con el mundo de la enseñanza: la participación, el liderazgo en los centros públicos, la superación de la dicotomía público-privado en la enseñanza… Bajo el título “Ikastola eta kooperatibismoa: publikotasun baten bila” se ha abordado esta última cuestión que ha merecido un eco mediático notable y sobre la que ahora quiero centrarme.

Con los riesgos de simplificación en que puede caer una síntesis, voy a tratar de resumir las ideas principales de los promotores del curso de verano al que me he referido. La educación está prisionera de una dualidad constreñida que deja fuera la iniciativa social sin ánimo de lucro y que está organizada bajo la forma de cooperativa, algo muy cercano a una práctica social inveterada como es auzolana. Se propone una tercera vía que se salga del binarismo público, identificado como el Estado, y privado, que sería todo los demás. Hay otras formas de manifestar el ser público y, en la enseñanza, las ikastolas son el paradigma de esa tercera vía.

¿Cómo rescatar algunas ideas interesantes de estas propuestas, negando a la vez la mayor? Lo voy a intentar.

En mi opinión, no es acertado hablar de una tercera vía, si es una manera de buscar un mejor encaje a las ikastolas y no tanto como propuesta que debe servir para transformar todo el sistema. Hablar de tercera vía sería como volver a la tercera red, algo que cuesta borrar del inconsciente colectivo  de un sector social. Sería como volver a proponer que hay tres redes: dos públicas (la estatal y la verdaderamente comunitaria, aunque no reconocida como pública) y la privada, concertada o no (con lo que se podría crear un nuevo desdoble). No debemos caminar hacia ahí, sino plantearnos qué podemos hacer unos y otros para ir confluyendo en un modelo único de escuela pública comunitaria.

Hay que deshacer cuanto antes un mal entendido resultante de la identificación entre cooperativismo y bien común. El cooperativismo puede ser comunitario y hasta solidario, pero no es necesariamente bien común, incluso en el supuesto de que no tuviera ánimo de lucro. Una cooperativa, lo mismo que una fundación, puede tener un fin compartido y gestionado democráticamente, pero puede ser particular, de hecho muchas veces lo es. Imaginemos una cooperativa que quiere impulsar una educación Waldorf o Montesori o el aprendizaje del inglés o el constitucionalismo o la educación en valores cristianos. Podríamos decir que es una legítima iniciativa, pero no para toda la ciudadanía, con lo que su carácter público quedaría resentido.

Otra identificación que hay aclarar es la que se hace entre el cooperativismo y la defensa de un proyecto autóctono, que tiene su expresión política, aunque no necesariamente partidista. Por ir colocando las cosas en su sitio, en primer lugar, hay que aceptar con humildad que el cooperativismo y auzolana no es exclusivo del pueblo vasco. Para quienes hemos tenido la suerte de poder compartir unos años en América Latina no podemos ignorar cuántas experiencias de trabajo comunitario hemos conocido en aquellos lares, por no citar otras experiencias mucho más cercanas. El modelo de propiedad privada hace bastante tiempo que está instalado en nuestro país, aunque queden huellas importantes de cooperación y trabajo comunitario o popular. Lo común se fue disolviendo de forma irreparable para todas las naciones, incluida la nuestra, desde que en el XVI se impusieron los cercados de los propietaristas ingleses. Pero, volviendo al hilo, con frecuencia se mezcla el trabajo popular con el trabajo por la construcción de un estado vasco. Y pueden ir de la mano sin problema, pero no obligatoriamente, si queremos que nuestra propuesta comunitaria sea para toda la ciudadanía.

Pese a que ellas mismas acusan un debilitamiento participativo, hay muchas cosas que pueden y deben aportar las Ikastolas de su experiencia de organización y funcionamiento, todo ello en el camino hacia una escuela pública comunitaria. Puedo aceptar que la coyuntura no está madura para que las Ikastolas inicien un segundo éxodo hacia su publificación. Comprendo las razones. Pero me asiste la íntima sospecha que aún avanzando hacia esas condiciones más idóneas para el desarrollo de una escuela pública comunitaria, como podría ser un verdadero desarrollo de la autonomía de los centros públicos, llegado el momento les entraría el vértigo de soltar su particular proyecto para que de verdad lo gestionen las comunidades escolares de cada lugar. Más bien creo que su apuesta es hacerse hegemónicas dentro de la educación vasca.

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