Osotu

No proliferan en exceso, pero de vez en cuando nos llegan noticias de experiencias educativas que pretenden dar respuestas alternativas al alumnado que, por diferentes razones, no ha encontrado su lugar en el sistema educativo tradicional. En nuestro entorno no está autorizado el modelo Home School, pero sí pugnan por ser, en primer lugar, reconocidas, y a poder ser concertadas, propuestas educativas que proponen alejarse de los patrones habituales de funcionamiento del común de los establecimientos educativos. Unas veces, las negociaciones con las autoridades educativas se llevan con discreción y van logrando avanzar en su consolidación. Otras veces, el conflicto se hace público, como está ocurriendo con el caso del centro Osotu Lanbarri, que atiende a 65 niños y niñas de Educación Primaria, que, por problemas de atrasos en la realización de obras en el lugar pensado para para su ubicación, Güeñes, ha abierto sin todas las autorizaciones administrativas en Zierbana, estando a punto de concluir su primer año de funcionamiento.

Vaya por delante que veo con buenos ojos que la Administración vele por las condiciones de apertura de un centro educativo. Creo que forma parte de sus obligaciones el evitar que pueda haber chiringuitos educativos, dicho sea como criterio general. De igual manera que un negocio de hostelería necesita las pertinentes garantías y autorizaciones administrativas antes de abrirse, cuanto más en las iniciativas particulares de carácter sanitario o educativo. Además de este parecer mío, en mi desempeño profesional como inspector de educación, como no puede ser de otra manera, me debo sin ninguna reserva ni restricción a las instrucciones emanadas por mis superiores, siempre que se ajusten a derecho, esté o no de acuerdo.

Pero ello me no impide opinar como ciudadano interesado en las cuestiones educativas. Y como tal se me hace difícil entender la actuación extemporánea que el Departamento está teniendo en el caso.  No se entiende la tardanza en actuar, cuando de haber atajado la cuestión al comienzo de curso se hubiera evitado el actual callejón -no diré sin salida-. No se entiende que se haya dado un tratamiento individualizado de absentismo a una situación colectiva que no tiene los rasgos propios de la desprotección de menores. Ni que la razón esgrimida para que vuelvan a estas alturas a sus centros de origen sea la evaluación de sus progresos por personal que no los ha visto evolucionar a lo largo del año. Dicho esto, me asiste el convencimiento de que los previsibles contactos entre las familias y la Administración reconducirán la situación del punto al que no se debía haber llegado nunca.

Pero más allá del conflicto concreto suscitado, Osotu Lanbarri y su proyecto “alternativo”, basado por otra parte en conceptos que también se manejan en otras escuelas del sistema (atención individualizada, importancia de lo emocional, aprendizaje cooperativo, inteligencias múltiples, etc.), me provoca algunas inquietudes que paso a comentar. Siendo defensor de lo público y también de permitir que lo público florezca en una pluralidad de opciones, me hace pensar que este tipo de iniciativas que propugna salirse del paradigma habitual tengan que refugiarse en la iniciativa privada. ¿Cuáles pueden ser las motivaciones para que esto suceda?

Evidentemente, quien matricula a sus hijos e hijas en este tipo de colegios “experimentales” alguna capacidad económica por encima de la media tiene para poder permitírselo. La prensa informa que, en el caso de Osotu, las familias pagan 10 cuotas al año de 400 euros, además de lo que supongan otros servicios, por ejemplo, transporte y comedor. Ciertamente, no está al alcance de cualquiera. Sin embargo, no creo, a diferencia de otros centros, incluso concertados, que las familias estén principalmente motivadas por afanes distintivos o elitistas, aunque la segregación por arriba pueda ser uno de los efectos no buscados. Simplemente creen en lo que estos centros dicen ofrecer o quizá buscan una salida desesperada a lo que no les ha funcionado en otros centros.

Es verdad que no es oro todo lo que reluce. Mi propia experiencia me ha llevado a conocer algún caso con deficiencias organizativas importantes o incluso de alumnado que tuvo que volver a su escuela pública clásica, porque le fue aún peor en la propuesta alternativa. Pero también es verdad que a otros les funciona y ello nos obliga a preguntarnos por las rigideces del sistema.

La escuela es la única institución social que obliga a su paso durante un buen número de años, en muchos casos no menos de 15. Su rigidez organizativa se manifiesta en la clasificación del alumnado por edades, en que solo anualmente toma decisiones sobre pasos adelante (o no) o sobre cambios de programas o de grupos, en que aplica unos estándares curriculares y evaluadores, que aseguran con todas sus ventajas, pero también sus inconvenientes, una uniformidad. Esta institucionalización forzada, tal como está concebida, para algunos alumnos y alumnas se hace insoportable ya en Educación Primaria, pero es palpable la desafección y hasta la deserción pura y dura, o bien por las vías de “desagüe” que prevé el sistema, de un porcentaje significativo de alumnado a quien el currículum diseñado se le hace demasiado “ancho y ajeno”.

Naturalmente, siempre habrá iniciativas que quieran situarse fuera del marco público de funcionamiento. No podemos poner puertas al campo. Pero sí nos corresponde preguntarnos si hacemos lo suficiente para impedir que estas “flores” educativas tengan que desarrollarse fuera del campo educativo público. Quizá algunas reformas profundas en términos de autonomía de los centros, de facilitar la innovación, de mejorar la provisión de personal y de cuidar de la calidad democrática de nuestras escuelas podrían ayudar a responder mejor a cierto alumnado sin que tenga que buscarse acomodo en experiencias educativas fuera de lo público. Y lo que es peor, que tarde o temprano esas experiencias terminen por concertarse, lo que supondrá además el principio del fin de su singularidad.

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