El uniforme de La Pureza

La prensa local ha encontrado un argumento informativo, secundario pero del gusto del público por prestarse al debate informal, en la decisión tomada por el Colegio La Pureza de María de Bilbao de sustituir en tres años su actual uniforme gris con falda para ellas y pantalón para ellos, por otro unisex con pantalón color camello para todo el alumnado. La disconformidad de las familias -no sabemos cuántas- ha convertido este hecho aparentemente irrelevante en fuente de múltiples lecturas y sabrosos intercambios de opiniones en bares y hogares. Hay aproximaciones multinivel al tema, que paso a comentar.

La primera lectura es de carácter económico. Suspicaces o no, algunas familias han visto en el anuncio del centro una ocasión propicia para hacer algo de caja con la renovación del vestuario.

No falta, no sé si pasándose de frenada, quien se aplica a una lectura psicoanalítica del hecho de uniformizar al alumnado. Si hay quien estima que los faldones de la jerarquía eclesiástica son la manera invertida de aflorar lo femenino reprimido en la Iglesia, no falta quien ve en la medida, más allá de las racionalizaciones del centro justificando el cambio por adaptación a los tiempos y a las nuevas metodologías, un movimiento censor de la diferencia sexual y vigilante de la pureza femenina, a la vez que un ahorro de energías de las responsables del centro quitándose de encima las disputas con las alumnas por los centímetros de la falda.

Y de la mano de lo anterior, sin buscarlo, entramos en la lectura estrella del asunto, la feminista. La medida del centro ha sido acogida con satisfacción de Emakunde, porque contribuye a eliminar los estereotipos de género, en lo que coincide con un manifiesto de Gafas Lilas Contra las Violencias Machistas en favor de un uniforme único. Tal vez sea así, pero lo cierto es que, una vez más, en el centro de la polémica está cómo deben vestir las mujeres, porque el problema, más allá de la conformidad estética con el color del pantalón, no se presenta con los chicos. El pantalón es una hoy una prenda tan femenina como masculina. De hecho, en los centros sin uniforme lo llevan la mayoría de las alumnas, aunque no por imposición, como puede verse en ocasiones, cuando mejora el tiempo.  Salvado lo que exige el contexto escolar, en esos centros nadie marca cómo debe ir vestida una alumna.

Pero el abordaje del tema que más me interesa es el del uniforme como símbolo de cohesión, también de orden y concierto, sin ánimo de hacer un chiste fácil. Uniforme usan los militares para no confundirse con el enemigo, que tiene el suyo. También los diferentes colectivos de un hospital para que los usuarios no confundan sus funciones.

El uniforme en las escuelas es, en primer lugar, un signo de identidad, como un pendón en la batalla, que permite identificar junto con el uniforme dónde están los nuestros. En las escuelas públicas de muchos países, especialmente en América Latina cada escuela tiene su uniforme. En otras latitudes o tiempos pasados ha sido una manera de igualar al alumnado, una herramienta que ha permitido que no haya agravios en la forma de vestir entre quienes pueden más y quienes menos. Pero aquí y ahora ya no cumple esa función igualadora, sino más bien distintiva, que es un plus añadido a lo identitario.

No deja de chocarme esta paradoja: Pareciera que la escuela concertada es la llamada a asegurar la libertad y el pluralismo educativo del sistema y la escuela pública la destinada a asegurar el derecho a la educación de toda la población, pero dentro de un gris de homogeneidad. Sin embargo, ad intra de cada centro es la escuela pública la que alberga la pluralidad y el colorido de la heterogeneidad y la concertada “uniforma” en torno a un ideario.

Estamos llenos de paradojas y dicotomías sin resolver. Pero no me impide soñar su superación en unas comunidades escolares que den color y sabor a sus centros, donde el ideario no venga demasiado condicionado por las iniciativas privadas, ni por el Estado, y donde todas las decisiones, incluida la manera de vestir, no vengan desde arriba, sino desde el debate y el ejercicio de la democracia. En definitiva, no una educación que se delega en establecimientos, sino que se construye ciudadanamente.

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