Miradas sobre la segregación escolar

Una reconocida figura de la educación vasca hace algún tiempo me comentaba, para prevenirme de alguna de las medidas de la ILP Eskola Inklusiboa, esto que le había pasado cuando ejercía como inspectora. Espero ser fiel al relato. En un momento determinado, por razones que no hacen al caso, un grupo de familias gitanas pasó de vivir en Erandio a instalarse en Sestao. Para frenar la tendencia natural a agruparse en una sola escuela, se decidió, por aquel entonces, un reparto equilibrado por algunas escuelas del municipio. En poco tiempo, aprovechando los procesos ordinarios de matriculación, volvieron a reagruparse en una sola  escuela. Ante esto, en coordinación con la Delegada de aquel momento decidieron poner en marcha otra estrategia: Aprovechar algunas circunstancias, como la necesidad de euskaldunización de parte del profesorado de aquella escuela, para realizar una provisión de personal con comisiones de servicio para docentes con potencial para poder revertir una situación clara de guetización. Llegaron las elecciones, hubo cambio de equipo en Educación y, lo que empezaba a funcionar como proyecto educativo interesante, se desbarató. Una llamada del Viceconsejero advertía que las comisiones de servicio no se podían mantener por más tiempo, arguyendo que los sindicatos estaban detrás.

La anécdota viene a ilustrar que el fenómeno de la segregación escolar encierra una enorme   complejidad que necesita tejer complicidades a muchos niveles. Que yo sepa, en lo narrado entran en juego medidas de planificación, de provisión de personal, de prácticas inclusivas en el propio centro, de singularidad de un colectivo muy específico, como es el alumnado gitano,  y también la interacción de una variedad de actores que influyeron en el proceso y en el resultado final.

La anécdota me permite abrir este comentario que pretende un repaso sobre los distintos puntos de vista que vengo oyendo sobre el fenómeno de la segregación escolar, ahora que parece que ha cobrado una inusitada actualidad.

Comenzaré el recorrido con algunas miradas negacionistas, según las cuales, la segregación escolar o no existe o es, a lo sumo, reflejo de la segregación residencial. La sorpresa llega cuando, con datos, se puede mostrar que la institución escolar no solo no corrige, sino que puede aumentar considerablemente la segregación pues hay centros con concentraciones de colectivos muy por encima de lo que le correspondería por el entorno en que están ubicados.

De la mano de las anteriores van las miradas reduccionistas por las que, aun admitiendo el fenómeno de la segregación escolar, lo constriñen a algunas realidades concretas, por ejemplo el modelo A de la pública, que no escolariza ni al 2% del alumnado, por lo que vienen a concluir que es un fenómeno residual. Ocurre que “el residuo” tiene rostro, pero la estadística es tranquilizadora. En todo caso, este discurso ignora realidades más globales y obvia datos que señalan a Euskadi con un índice de segregación exactamente en la media europea, aunque nos autoconcibamos como un sistema equitativo, camino hacia la excelencia.

Otras miradas asumen la segregación como algo no deseable, pero en cierto modo inevitable. Son concepciones neoliberales, para las que la libertad del centro terminará, como la libertad de mercado, trayendo la verdadera meritocracia que coloca a cada cual en su lugar. El distrito único que acaba de proponer el Partido Popular en Vitoria-Gasteiz o el cheque escolar para que cada familia acuda al centro de su elección ignoran de forma interesada que la libertad no puede ser ejercida en igualdad de condiciones por todas las familias, pues algunas realizan elecciones mucho más informadas y disponen de mayor capacidad económica que otras. La libertad de centro sin restricciones asume como un efecto colateral la segregación, atribuyendo a cada individuo la responsabilidad de no haber sabido aprovechar las oportunidades que le ha ofrecido un mercado libre.

Existen otras miradas contrapuestas que consideran que la segregación acabará el día en que de una vez por todas se acabe con la escuela concertada. Nadie informado puede negar la dualidad del sistema, que alcanza también a la composición social de cada red, pues es obvio que no existen igual asunción de las necesidades sociales entre los distintos tipos de centros, dicho sea analizado el fenómeno en su conjunto. Pero lo chocante llega al observar que las diferencias entre centros de una misma red, también en la pública, son igual o más grandes que las que se dan entre redes.

Alguna otra mirada pone el acento en el actual marco de modelos lingüísticos. Tampoco en este caso, nadie con datos en la mano sobre el ISEC de los estratos puede negar que los modelos lingüísticos han devenido hace ya demasiado tiempo en un factor de segregación de primera magnitud. Sin embargo, en un momento en que el porcentaje de alumnado de los centros públicos en una abrumadora mayoría está en el modelo D,  hace pensar el hecho de que hay poblaciones con problemas de segregación cuando entre los centros no hay una diferencia en el modelo lingüístico. En Cataluña no hay modelos y hay más segregación que en Euskadi. Parece que la necesaria superación del actual marco por sí misma no traerá consigo la superación del problema.

Hay miradas que están demasiado ocupadas en algún colectivo particular, por ejemplo el inmigrante. Es una mirada muy comprensible, pues ciertamente hay realidades sangrantes, no hay más conocer la situación escolar de Vitoria-Gasteiz. Propiamente habría que decir que más que una segregación étnica, que no quiero ignorar, el problema fundamental es que la inmigración es un fenómeno asociado a familias con muchos menos recursos. Es una cuestión de pobreza. Cómo pasar de una lógica necesaria de fijarse en la concentración de determinados colectivos desfavorecidos, (cuando la concentración también se da por arriba con las élites), para hacer de la segregación una cuestión que nos atañe a todas las personas y a toda la sociedad y, por tanto, exige movimientos globales, es algo que ha de tardar en llegar.

Hay concepciones, por contra, que son recelosas de cualquier medida que se plantee el fenómeno de la segregación como un problema del sistema, que puede y debe también abordarse con medidas de planificación que afecten al conjunto. Enseguida ven el foco estigmatizador de algunos colectivos, y, a cualquier iniciativa que pone el dedo en la llaga, le cuelgan el sambenito de querer repartir al alumnado contra su voluntad. Algunas personas que comparten esta posición lo hacen de buena fe. Otras, por contra, en su afán por defender su inmovilismo devuelven con cinismo la acusación de racista a quien quiere corregir la situación.

Entre las personas a las que quiero conceder un margen de buena voluntad, están las que, seguramente sin quererlo, hacen el juego al sistema, defendiendo que las concentraciones por sí no son negativas, sino que depende de la manera como se trabaje con ellas. Algo así como si se dijera, dejemos el libre efecto de una libertad de elección de centro sin restricciones, y luego acudamos a valorizar la dignidad de esas concentraciones. A veces estas miradas voluntaristas, algunas no exentas de dogmatismo envuelto en retórica científica, olvidan que, en la práctica, son pocas las situaciones que se revierten, que muchos intentos de trabajo serio fracasan, aunque pasemos de puntillas por ellos, que con frecuencia es a costa de la salud de los y las trabajadoras por la dureza de las condiciones y que no podemos minimizar la enorme desventaja de partida de las concentraciones extremas de alumnado con bajos capitales económicos y culturales, porque puede ser una verdadera condena.

En definitiva, volviendo a la historia que encabezaba este comentario: no hay soluciones simples para problemas complejos como el de la segregación escolar. Necesitamos complementarnos con todas las verdades (salvo los que desean negar, minimizar o aceptar como inevitable el fenómeno). Necesitamos actuar a muy diferentes niveles, sin menospreciar ninguno, tampoco el que mira la segregación como un problema del sistema. Necesitamos complicidades de muchos agentes. Necesitamos mucho diálogo para discutir sobre buenas prácticas, éticas e imaginativas. Necesitamos tiempo, porque no hay varitas mágicas. Y necesitamos, sobre todo, mucha determinación política para no escamotear una realidad y poner en práctica las buenas proclamas que ya recoge nuestra legislación y que, en buena medida, permanecen en el mundo platónico de las ideas.

2 pensamientos en “Miradas sobre la segregación escolar

  1. La primera y la gran medida contra la segregación es la erradicacion de la pobreza.
    Políticas de equidad planificada: dotar de los recursos materiales y humanos a los centros q atienden al alumnado en riesgo de exclusion allí donde se encuentren escolarizados .
    Cooperacion interinstitucional con los centros educativos para garantizar los estándares de vida digna y de una atencion educativa complementaria q garantice el logro de los objetivos académicos y educativos de este alumnado en riesgo de exclusion .

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    • Ciertamente, Javier, el abordaje de la exclusión no solo es escolar, debe ser interinstitucional e interdepartamental. También de acuerdo con la discriminación positiva para los centros que atienden a alumnado con mayor riesgo de exclusión. Lo único que he querido decir es que esto no debe ser incompatible con otras actuaciones que incidan sobre el sistema y su planificación, pues la respuesta debe ser multinivel. Gracias por tu comentario, que comparto.

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