La difícil cuadratura del círculo educativo

En mis primeros años como docente solía presentar al alumnado una secuencia de imágenes muy rudimentarias, separadas en distintos folios, para que construyeran su orden lógico, en las que, una vez bien ordenada, se veía en la primera imagen una persona encerrada en un cuadrado, con aspecto de estar atrapada y deprimida. La secuencia mostraba la acción y el empeño del personaje que, con trabajo y dolor, conseguía transformar su cuadrado en un círculo, dando lugar a una situación más liberada y creativa. La secuencia, sin más soporte que las ilustraciones sin ningún tipo de texto, daba pie al diálogo interpretativo del alumnado, buscando que extrajeran sus propias conclusiones, también para sus vidas. 

El cuadrado y el círculo son dos formas geométricas con un simbolismo arquetípico clásico. El cuadrado es símbolo de la perfección y el orden inmutable y el círculo el símbolo de la creatividad, del movimiento y la impermanencia. Aplicado al mundo de la Escuela debemos decir que ésta lleva decenios intentando superar un orden inicial, que fue “revolucionario” en los siglos XVII y XVIII, pero que con el tiempo se ha podido convertir en “opresor”.

Sin duda ambas dimensiones se necesitan y complementan, también en la Escuela. Pero no deja de llamar la atención que muchas propuestas de renovación escolar se mueven bajo el influjo del círculo, tratando superar las rigideces del sistema: Superación de la fragmentación curricular en asignaturas estancas, superación de la asignación en pisos curriculares, según edades y no según la evolución de cada alumno o alumna; superación de la interacción unidireccional; superación del aula y del alineamiento en filas de los pupitres, superación de los muros de las escuelas, para propuestas pedagógicas centradas en la naturaleza, en el servicio social; interacción escuela-entorno… etc. Pareciera que la renovación educativa, consiste en una cierta huida de la Escuela de sí misma, aunque en realidad nadie piensa en que vaya a dejar un vacío, sino a lo sumo en que logre reinventarse.

Pese a todas estas ideas y algunas prácticas de avanzadilla, hay que reconocer que de todas formas la Escuela sigue fiel o prisionera, como se prefiera, a las inercias con que fue concebida. Nadie dijo que transformar era fácil, y más con determinados pesos burocráticos (y no me refiero principalmente a los papeles que manda rellenar la Administración, aunque también). En todo caso, avistábamos destellos de un nuevo amanecer educativo, cuando nos ha caído la pandemia encima, cortando la trama que se iba tejiendo con dificultad e imponiendo por las razones sanitarias que sean, las lógicas del cuadrado.

Se ha dicho que qué mejor oportunidad que esta para la experimentación organizativa, curricular, metodológica, etc. Sin embargo, la sensación de los primeros compases de este curso es que nada de esto va a suceder. La preocupación por la seguridad y la salud ha pasado tan a primer plano, que lo educativo parece haber cedido demasiado al objetivo máximo, casi exclusivo, de conseguir un “centro seguro”. No obstante, vaya mi reconocimiento a muchos equipos directivos, que, con muchas horas extras, están haciendo virguerías con diseños imposibles para guardar todos los aspectos de la prevención.

Pero la escuela no es una central nuclear, dijo un conocido director. Bastante “cuadriculada” ya era para encorsetarla aún más. La Escuela puja por ser vida y círculo en movimiento. ¿Cómo trabajar las interacciones y el aprendizaje entre iguales con tanto miedo a la distancia? ¿Cómo adivinar los afectos y trabajarlos, con el rostro cubierto? ¿Cómo mezclar grupos y docentes para tareas comunes? ¿Cómo vivir la confianza del juego, si no puedo salirme de unos metros cuadrados? ¿Cómo fomentar la dimensión comunitaria, si no puedo compartir casi nada?  ¿Cómo fomentar la comunidad educativa, si las familias no pueden entrar al recinto escolar?

La Administración ha optado no solo por el bajo coste, sino por las soluciones menos imaginativas, manteniendo el currículo en sus términos, sin modificación de horarios, como no sea para contraerlos, en lugar de flexibilizarlos, con el concepto de “burbuja” como toda aportación desde el despacho. Parece que los protocolos han sido diseñados exclusivamente por sanitarios y técnicos de prevención de riesgos laborales, sin educadores en los equipos.

Reconozco que no es fácil, tampoco para la Administración. Comprendo la situación, el temor de las familias, la hirerresponsablización a la que están sometidos los equipos directivos, la necesidad de priorizar la salud pública. Acepto todo eso y también que parece inevitable que vayamos a sufrir un tiempo aún por determinar, porque la actual rigidez nos va a someter a una dura prueba de resistencia.

Pero, pasadas las primeras semanas, quizá meses, confío que sea posible un relajamiento de las exigencias de orden sanitario y que los equipos docentes y los equipos directivos puedan poner la imaginación también en lo educativo. Urge que sea así. Para facilitarlo, necesitamos unos centros que no se organicen solo a la defensiva y una Administración que confíe en los centros, que les alivie las cargas burocráticas y que permita suspender determinados aspectos de la legislación en la actual situación excepcional, sin lo cual será muy difícil el avance que necesitan las dinámicas del círculo y la creatividad.

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